Me veo en la penosa necesidad de improvisar de la forma más rápida posible 500 o 600 palabras acerca de El Conde de Montecristo. Y digo penosa por que en realidad no siento el día de hoy demasiada inclinación por redactar algo que tenga sentido leer después.
Ahora, eso de lo más rápido posible es una exageración. Licencia literaria si el lector gusta. En realidad tengo unas horas para hacerlo por que no podré poner esta página en línea sino hasta que mi cliente de transferencia de archivos termine de transferir los datos. No debería tomar tanto tiempo tomando en cuenta el tamaño total de la transferencia, pero el problema está mas bien en la cantidad de archivos. Como cada transferencia debe negociarse de forma única entre cliente y servidor, la fragmentación de un archivo grande en trozos pequeños retrasa muy dramáticamente las velocidades de transferencia. Es una desventaja común a todos los protocolos de comunicación iníciales del internet.
Lo de 500 ó 600 palabras tampoco es muy exacto. La verdad es que podrían ser 1000 ó 2000, entre más mejor. Pero en este caso la pereza gana. O tal vez sea sentido práctico: son unas 600 palabras lo que hace falta para asegurarme de que el monstruo que come texto venga por aquí y juzgue estas palabras como una botana más o menos aceptable.
En este momento siento la tentación de contar el número de palabras que lleva la página. Pero de nuevo me gana la pereza por que intuyo que no serán suficientes todavía y prefiero seguir tecleando que hacer el ejercicio del conteo a sabiendas de que no será suficiente para guardar este archivo y desentenderme del problema.
Y hablando de problemas, todavía no he encontrado la forma de que las largas transferencias que la vida me obliga a efectuar últimamente no me aburran. Y es que son una moncerga. Uno no puede lanzar el protocolo y explorar la red por que estorba a la razón de intercambio, prolongando el aburrimiento, y tampoco desentenderse del asunto por que si algo sale mal hay que corregirlo lo más pronto que sea posible o si no, también, se prolonga el aburrimiento.
Algunas veces he reservado algunos programas de televisión, películas y documentales para ver mientras hago esto, pero no siempre coinciden los tiempos y en días como hoy me encuentro con que es urgente subir archivos al tiempo que no puedo cargar nada que quiera ver mientras todo queda listo.
Y todo empeora en el caso particular de El Conde de Montecristo, por la sencilla razón de que se trata de un libro bien largo. Entretenido, sí, pero largo y el problema es que mientras se convierte en pulsos de voltaje rebotando entre nodos de internet, no puede leerse.
¿Tengo ya suficientes palabras? No estoy seguro. A lo mejor ya es hora de hacer un conteo. Sí, vamos a contar.
!Cuatrocientas noventa y nueve, no lo puedo creer! Si hubiera esperado un simple monosílabo para contar, habría visto que el trabajo estaba terminado. Pero no. Faltaba una palabra y hay que completarla. Quinientos no es el número mágico, por supuesto. Es trescientos para mucha gente pero en mi experiencia es arriesgado, por que no siempre funciona. A veces sí, a veces no. Depende mucho de el resto de las variables ambientales. Para asegurarse, hay que usar quinientos o quinientas. Seicientos si es posible y no demasiado aburrido. Y yo calcularía que seicientos es el número de palabras que voy a alcanzar en cuanto escriba el siguiente punto y aparte. Este: .
Fueron seicientos diez, pero no me quejo.
Fin.